13 de febrero de 2016

Nubes de Otoño

A menudo me gusta recordar como saltábamos por los campos, mecidos suavemente por el viento, y como corríamos bajo el Sol, escapando del aburrimiento, para, finalmente, terminar tumbándonos allí mismo, exhaustos, y mirar el cielo. Mirar el cielo; a ella le encantaba hacerlo. Se podía pasar horas viendo vida en las nubes; caballos, pájaros, gatos, ballenas, flores, mariposas, delfines... Veía cualquier cosa. Yo sólo veía unas nubes con formas extrañas, pero me gustaba su compañía. Era agradable, como el aire fresco de las mañanas de verano. Me hacía sentir bien.

El tiempo fue pasando y yo pasaba la mayor parte de este con ella. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que no sabía tres cuartos de su vida, de lo que sé de la mía. Ella era un misterio. Pero conocía su nombre, y con eso era suficiente.

Ella era poco convencional. Podría pasarme horas hablando de pequeños detalles que la caracterizan, como el lunar en la nuca, la mancha gris de su ojo izquierdo o las arrugas que se le forman cerca de estos cuando se entusiasmaba y reía por alguna cosa. De hecho, tenía una pinta más bien exótica pero yo la encontraba bastante bonita. Sus cabellos castaños, siempre iban recogidos en una trenza que le llegaba casi hasta la cintura. Y siempre llevaba una flor en el pelo, un sombrero, un pasador, una corona silvestre... Cualquier cosa. Su mirada era la más viva que había visto en la vida. Qué ironía...

Pasó la primavera, verano, otoño... Ella siempre me esperaba en el campo a la misma hora, para jugar juntos, con las hojas rojizas. Tengo la firme sospecha de que el otoño era su estación favorita. Probablemente porque suele ser la menos valorada, no lo sé. Lo que si sé es que ahora a mí también me gusta.

Todo iba de maravilla, pero un día, el otoño se acabó, dejando paso al frío invierno, que se llevó más que unas simples hojas a su paso. Se llevó los futuros momentos que podíamos haber tenido de no ser por él; el frío.

O de no ser por la amarga realidad. Pero entendedme; debía culpar a alguien, y el frío era el objetivo más fácil.

A partir de ese momento y durante los días siguientes la vi a lo lejos, pero cuando intentaba acercarme a ella, ya no estaba. Simplemente se iba, siempre se iba; ni siquiera llegaba y ya volvía a irse. Qué locura...

Finalmente ya no la encontré en ningún sitio. Mi madre me dijo que probablemente se había mudado. Claro, ¿qué iba a decir ella? Ahora lo pienso y tiene lógica. Pero en ese momento no la tenía. En ese momento los campos se congelaron y mi madre ya no me dejaba salir a jugar. Empecé a dibujar en la aburrida y monótona pared de mi habitación. Recuerdo que me enseñó ella. En el pasado siempre dibujábamos cuando llovía o hacía mal tiempo y no podíamos salir a jugar. Entonces dibujábamos por diversión. Ahora dibujaba yo, solo, para evadirme. Para olvidar. Pero... 
¿Cómo se puede olvidar a alguien que ha hecho de ti lo que ahora eres?

Sencillamente, no se puede. Así que para no dibujar a ella, me obligaba a mí mismo dibujar las nubes que veíamos cuando éramos pequeños. Cuando pasó el invierno no quedaba ningún trozo de pared que no estuviera pintado con tormentas de colores y formas abstractas. Me pregunto si ella hubiera visto vida allí también. Pero es algo que nunca sabré. ¿O no?

Llegó la primavera y salí fuera, pero imagino que me faltó la ilusión que tenía el niño pequeño que yo ya no era. Ahora sabía la verdad. Y también sabía que hubiera preferido no saberlo nunca.

La encontré justo donde sabía que la encontraría. Al igual que yo, ella también había crecido. Llevaba una flor en el cabello que, naturalmente, estaba recogido en una trenza. Nos sentamos y observamos el campo. Lo que me gustaba de su compañía era que podíamos estar los dos en silencio, y no se hacía incómodo.

Todo un mar de trigo se balanceaba suavemente ante nuestros ojos. Casi podíamos ver a los niños que habíamos sido, correr y jugar por allí. Aquellos niños tiernos y ignorantes, que no sabían la verdad. O quizás el ignorante sólo era yo. ¿Lo ha sabido ella durante todo este tiempo? ¿Por qué no me lo había dicho?

-¿Por que me haces esto? -le dije finalmente. Iba dando vueltas a las palabras, intentando moldearlas para que expresaran lo que realmente tenían que transmitir. Pero todo el mundo sabe que no es nada fácil el arte de la palabra. Un paso en falso y acabaría con ella, y como consiguiente, conmigo. 

Estaba pensando como explicarle toda aquella lucha contradictoria dentro de mí, cuando ella se me adelantó.

-Me iré -dijo. Yo tragué el nudo que se me había hecho en la garganta y asentí. Sabía que era lo correcto. Era lo correcto, ¿verdad? Pensándolo mejor, no lo tenía tan claro. Tenía que serlo. Pero ojalá no lo fuera.

-No quiero irme -dijo ella. «Yo tampoco quiero que te vayas», quería decirle. Pero no pude. Porque, realmente, ¿qué quería yo? No era nada fácil aquello. Renunciar a ella, o renunciar mí.

-¿Quieres que me vaya? -sus ojos suplicantes me derrumbaron-. Si quieres que me vaya, lo haré.

Omitió «al fin y al cabo, sólo vivo para ti», pero de todos modos me lo dijo con la mirada. Y yo la entendí. Y tuve miedo de decirle que se fuera. O que no lo hiciera, así que el que se fue, fui yo. Ella lo entendió.


El tiempo pasó y fui haciendo mi vida relativamente ordinaria. Todo lo normal que se puede vivir bailando en el borde de un abismo. Añorando a alguien inalcanzable. Haciendo equilibrios sobre la cuerda floja; aquel inestable contrapeso entre lo que quería, y lo que debía ser.

Sin embargo, yo creía que lo tenía todo controlado. Creía que si afirmaba a todos que me había curado, incluso me convencería yo mismo de que era cierto. Pero la realidad fue otra. Porque mi definición de «sano» no coincidía con la de los psiquiatras. Mi realidad era muy diferente; cambiaba las cosas. Mi verdad; mi esquizofrenia. Ella, mi condena.

¿Era eso real? ¿Hasta que punto? Porque yo ya estaba cansado. Había llegado un punto en el que pensé que era cierto lo que nunca nos dijimos; ella sólo vivía para mí. Yo le permitía vivir. Yo era su cura. Ella era mi enfermedad. 

Pese a ello, lancé las pastillas y la volví a ver. Sonreía. 

De todos modos, ya no se bien quien era el enfermo de los dos. ¿Quién es el real aquí?

Llamadme loco.


6 comentarios:

  1. Me ha gustado un montón el final, no me lo esperaba y le ha dado un toque original a la historia.
    Sigue escribiendo.
    Un beso, nos leemos :)

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me alegra que te haya gustado :)

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  2. Hey!

    WOW! Quin relat més intens! M'ha encantat, i el toc del final no m'esperava...
    Molt xulo!

    Petons!

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    1. Hey, moltes gràcies!!! Es una mica agridulce però suposo que així es la vida en alguns moments...

      Però bé, com deia Charles Chaplin, millor no prendre's la vida massa en serio.
      Al cap i a la fi, no en sortirem vius d'ella. xD

      Una abraçada, ens llegim. <3

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